jueves, 7 de diciembre de 2017

GLADIADORES, SANGRE EN LA ARENA


Criminales, esclavos y hombres libres combatían como gladiadores en la arena de los anfiteatros. Muchos morían, pero algunos se convertían en verdaderos ídolos de las multitudes. Se les había privado de libertad, eran bienes de mercado y estaban entrenados para matar. Sin embargo, los gladiadores encarnaban los valores de masculinidad exaltados por la sociedad romana, y podían convertirse en héroes populares y objetos de deseo para las mujeres. Su profesión, la gladiatura, no estaba destinada tan sólo al combate, sino que ofrecía un entrenamiento dirigido a desarrollar las virtudes guerreras y a fomentar el arte de la espada (gladium, de la que toman el nombre), según unas reglas estrictas.
El ingreso en el oficio podía deberse a circunstancias muy dispares, aunque no todos los que perdían la vida en la arena de un anfiteatro podían ser considerados gladiadores.
Numerosos criminales de condición libre, condenados a morir degollados por la espada a la vista del pueblo, eran ejecutados durante el intermedio que separaba el fin del combate matutino con fieras (venatio), y el espectáculo gladiatorio (munus), que se desarrollaba a partir de mediodía.
A diferencia de aquéllos, los condenados a trabajos forzados podían convertirse en luchadores profesionales al cumplir parte de su pena en una escuela de gladiadores o ludus, donde un maestro los entrenaba para luchar de forma ejemplar. Junto a ellos figuraban esclavos vendidos por piratas a un comerciante de gladiadores (lanista) o entregados por sus propios amos, así como libertos y hombres libres que buscaban en la gladiatura un medio seguro para conseguir un sueldo fijo, premios sustanciosos y gran popularidad. Forzados, esclavos, libertos o libres, todos podían formar parte de una misma familia gladiatoria, que convivía en el seno de una escuela. Al ingresar en el ludus, cada alumno se especializaba en un arma distinta, que distinguía a cada tipo degladiadores: samnitas, provocatores, retiarios, tracios, murmillones, essedarii o sagitarios.
El adiestramiento estaba confiado a un maestro, el doctor o magister, cargo desempeñado generalmente por un antiguo gladiador veterano, que sólo iba al ludus durante los entrenamientos. Los aprendices practicaban con un florete de madera y se batían contra una estaca fijada en el suelo. Con una mano sostenían la espada y con la otra, un escudo de mimbre. Estos ejercicios recibían el nombre de batualia, del que deriva nuestra palabra batalla. Las armas se mantenían siempre fuera de su alcance, custodiadas en un arsenal del que únicamente podían extraerse con la autorización y vigilancia de un procurador.
En muchos aspectos, la vida en un ludus era semejante a la vida en la prisión. Los gladiadores se alojaban en pequeñas celdas y los condenados pasaban la mayor parte del tiempo encadenados.
Algunos gladiadores fueron tan populares que merecieron poemas, en los que eran comparados con héroes míticos como Meleagro o Jasón, modelo de virtudes guerreras, y los niños grababan sus figuras y nombres en las paredes de sus casas. Otros, por su bravura o belleza, recibieron protección imperial o hicieron perder la cabeza a emperatrices como Faustina, esposa de Marco Aurelio, de la que se dice que engendró a Cómodo con un gladiador del que estaba enamorada.
Numerosas mujeres pagaban sumas desorbitadas para pasar la noche con un gladiador e incluso algunas ponían como condición que no se lavaran después de la lucha o la competición.

Fuente: National Geographic

lunes, 4 de diciembre de 2017

VITTORIO DE SICCA, EL SCHINDLER ITALIANO

Entre 1943 y 1944 se rodó en Roma "La puerta del cielo", película dirigida por Vittorio de Sica y producida por el Vaticano. El rodaje se realizó en la Basílica de San Pablo Extramuros.
Roma vivía en 1943 una aparente normalidad, pese a ser una ciudad ocupada por la Alemania nazi.
La acción se desarrollaba en un tren hospital que se dirigía a Loreto, buscando un milagro. Viajaban en él un joven paralítico huérfano, una pianista con una mano paralizada y un obrero ciego, acompañado por otro compañero de infortunio.

La película, que llegó a los cines en 1945, no fue, sin embargo, un trabajo más. Vittorio De Sica fue el único que conocía una de las condiciones impuestas por el Centro Católico Cinematográfico: acoger como extras y técnicos a unos 300 refugiados, judío, aliados y perseguidos antifascistas, que debían figurar con nombre supuestos para salvarlos de una muerte segura.  Se los alojó en la Basílica de San Pablo Extramuro.
La grabación se alargó justo hasta el día antes de la llegada de los aliados, lo que ocurrió el 5 de junio de 1944. La película, en cambio, pasó sin pena ni gloria.

Una curiosidad
Como delegado de la producción fue elegido un joven Monseñor que trabajaba en la Secretaría de Estado, se llamaba Giovanni Battista Montini. Un día pidió encuadrar unos planos, desconociendo que si lo hacía debía pagar un refrigerio al equipo por la molestia causada. Era una costumbre, pero nadie se atrevió a recordárselo al Monseñor. Fue Vittorio de Sicca quien rompió el hielo, obligando a Montini a pagar una ronda de capuccinos con bollos. Aquel Monseñor llegó en 1963 a Papa, adoptando el nombre de Pablo Vl.

 
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lunes, 27 de noviembre de 2017

GEISHAS, DONCELLAS DEL PLACER

Eran compradas de niñas y vivían en una "okiya", donde se las educaba. No eran prostitutas, aunque en ocasiones podrían haber ofrecido experiencias sexuales por un precio.
Muchas prostitutas trataron de imitar el estilo de las geishas,pero no tenían la formación artística de ellas.
Se vestían con kimonos, con exceso de maquillaje y adornos en el peinado.
Las geishas se encargaban de distraer a los hombres, con amenas conversaciones, con danza o tocando el shamisen ( guitarra japonesa). El tiempo de la geisha con cada hombre se medía en varitas de incienso, cuando ésta se consumía, había finalizado su tiempo. Contaban con un pacto de silencio, por lo que cualquier hombre podía estar tranquilo con las conversaciones que se mantenían delante de ellas o con ellas.
Típicamente actuaban como anfitrionas, entablaban conversaciones ingeniosas y alentaban a los invitados a interactuar.
Preparaban y servían alimentos, té y otras bebidas y realizaban bailes e interpretaban canciones tradicionales.Sin embargo no pasaban de ser esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble valioso, y eran despreciadas públicamente. Ni siquiera podían poner sus nombres en las tumbas.
La vida útil de las geishas era corto, pues rápidamente quedaban calvas por el ungüento con que se peinaban, y el plomo que servía como base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre.Su destino era entonces el asilo o el suicidio.

La geishas hoy no son esclavas, sino que eligen libremente su profesión. Cuando no trabajan, visten a lo occidental; los cosméticos modernos y las pelucas, les evitan los estragos de antaño. Su trabajo se parece más al de una anfitriona. Algunas aparecen en la televisión o en el teatro u organizan shows para turistas.

 "Ella se pinta para ocultar su rostro, sus ojos son como el agua profunda,el deseo no existe para la geisha...LO DEMÁS ES SOMBRA, LO DEMÁS ES SECRETO". ( Memorias de una Geisha)


lunes, 13 de noviembre de 2017

LEONARDO DA VINCI, EL AUTÉNTICO HOMBRE DEL RENACIMIENTO



De las notas de Leonardo da Vinci

LA MÁQUINA DE VOLAR

Siempre sentí que mi destino era construir una máquina que permita al hombre escapar de los lazos de la Tierra.
Decidí que mi máquina reproduciría todos los movimientos del pájaro. Después de todo, el cuerpo de un pájaro es sólo una máquina de carne y hueso.

¿Cómo vuelan los pájaros?   

Antes de diseñar mi máquina, estudié exactamente como las aves usaban sus alas para volar. Lo primero que noté fue que cuando un pájaro bate sus alas, la carrera ascendente es fácil, pero la carrera descendente es dura. Lo que hace que un pájaro sea ligero es que los huesos de sus hombros son huecos.
Los músculos debajo del ala de un ave son más fuertes que los que están en la parte superior. Es ésto lo que hace que las alas sean poderosas. El ala interior, que es cóncava, se mueve más lentamente que la parte exterior que es convexa. Para permanecer en el cielo, un pájaro mantiene sus alas sobre el viento y las golpea.

Mi diseño

A diferencia de un pájaro, lo único que una máquina voladora no tiene, es la capacidad vde pensar. Sabía que su inteligencia tendría que llegar del piloto.
Mi máquina voladora se llama "El Gran Pájaro". Su primer vuelo será sobre Swan Mountain, que también se llama Monte Ceceri. Cuando la vean, el Universo se asombrará y las crónicas, la ensalzaran.
La máquina tiene alas anchas y una pequeña cola. Si el piloto quiere ir más alto, puede levantar las alas y girar para guiar al viento debajo de sí mismo, el viento lo impulsará hacia arriba con gran velocidad. Para evitar que la máquina se rompa o se voltee en el aire, utilicé los mejores y más resistentes materiales. Las articulaciones están hechas de cuero y el aparejo de fuertes cordones de seda.
Para probar las alas de la máquina voladora hice un ala de papel montada sobre una estructura de red y caña, la até a un peso de 150 libras y apliqué una fuerza repentina. De modo que el peso se levantó antes de que el ala volviera a bajar. Consideré la prueba un éxito. 
Si un hombre se desliza sobre el viento y amaenaza sobrepasarlo, simplemente debe girar su ala izquierda o derecha y continuar en movimiento curvo hasta estar fuera de peligro.
helicóptero
Cuando se gira rápidamente, el aire será arrastrado hacia abajo por las cuchillas y se elevará hacia los cielos.
Las cuchillas de la máquina están cubiertas con lino almidonado para que se deslicen suavemente por el aire.
Dos hombres giran el mástil central desde una plataforma. Está máquina requiere que el piloto use tanto sus brazos como sus piernas para pedalear. Él podrá usarlos con una fuerza igual y desigual para dirigir la máquina.

 Paracaídas


Este dispositivo ralentizará la caída de un piloto desde una gran altura.Está hecho de lino y madera clara, y está sujeto por cuerdas y arneses.

 

 

 

"Los hombres geniales empiezan grandes obras, los hombres trabajadores las terminan".

viernes, 3 de noviembre de 2017

CARTA DE UN SOLDADO A SU MADRE DURANTE LA PRIMER GUERRA MUNDIAL

Del oficial británico Alfred Dougan Chater a su madre desde una trinchera del frente occidental ( diciembre de 1914)

"Escribo ésto en las trincheras, en mi refugio, con un fuego de leña y un montón de paja, a pesar del duro y verdadero frío de Navidad.
Creo que hoy he presenciado uno de los espectáculos más extraordinarios que nadie ha visto nunca. Hacia las diez de la mañana, estaba asomado por encima del parapeto, cuando vi a un alemán agitando los brazos e inmediatamente a dos de ellos saliendo de la trinchera y acercándose a la nuestra.
Uno de los nuestros fue a su encuentro, y, en un par de minutos, el terreno entre las dos líneas de trincheras era un hervidero de hombres y oficiales de ambos bandos, dándose las manos y deseándose una feliz Navidad.
Intercambiamos cigarrillos y autógrafos, y algunos tomaron fotos. No sé cuánto tiempo durará...En todo caso vamos a tener una tregua en Año Nuevo, ¡ya que los alemanes quieren ver como salen las fotos!".

La tregua no duró y Chater fue herido de gravedad tres meses después, pero sobrevivió para casarse con su novia.
La empresa de Servicio Postal de Reino Unido publicó esta carta con la autorización de la familia Chater.

miércoles, 16 de agosto de 2017

EL LADO OSCURO DE GEORGE WASHINGTON

Su visión sobre la esclavitud

Oney Judge era una esclava de la plantación de George Washington en Virginia.
A principios de 1789, la adolescente Oney comenzó a trabajar como esclava personal de la Primera Dama, Martha Washington, en el hogar presidencial; primero en Nueva York y luego en Filadelfia.
Según la ley de Pensilvania, los esclavos que permanecían en el estado por más de seis meses podrían ser liberados.
George Washington sacaba a sus esclavos domésticos del estado cada seis meses. Este proceder era ilegal, pero nadie se atrevió a desafiar al Presidente y Padre de la Nación.
En 1796, Martha le dijo a Oney que la cedería a su nieta como regalo de bodas. Oney tenía en ese momento veinte años y supo con certeza que si regresaba a Virginia nunca obtendría la libertad.
Se contactó entonces con la comunidad libre de Filadelfia, embaló y envió sus pertenencias a la casa de un amigo por adelantado.
Una noche, mientras la familia cenaba, huyó.
Con la ayuda de la comunidad libre, Oney se dirigió a New Hampshire.
Los Washington pusieron avisos en los periódicos denunciando a Oney como fugitiva, y luego de descubrir que estaba en New Hampshire, trataron de secuestrarla dos veces.
Oney, con la ayuda de los abolicionistas, permaneció libre. Se casó con un marinero , un negro libre, y formó una familia. Tuvo tres hijos. Murió en 1848.
Debido al empecinamiento de Washington por no liberarla, Oney y sus hijos fueron considerados fugitivos por la ley hasta su muerte.


lunes, 7 de agosto de 2017

EL NAUFRAGIO DEL USS INDIANAPOLIS

Devorados por los tiburones

En 1945 un buque de guerra estadounidense, el USS Indianapolis fue torpedeado por un submarino japonés. Más de 800 marinos consiguieron lanzarse al agua y salvarse en un primer momento. Durante varios días tuvieron que sobrevivir en medio del océano sin víveres ni agua potable mientras eran atacados constantemente por tiburones que se estaban dando un festín con los pobres náufragos. Cerca de 400 murieron devorados por los escualos en una de las mayores masacres causadas por animales en la historia. Su última misión había sido transportar el material nuclear con el que se armarían después las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki.

El relato de un testigo

Loel Dean Cox, un marinero de 19 años de edad, estaba de turno en el puente de mando. A sus 87 años, en conversación con la BBC, recuerdó el momento.
"¡Buuum! Salí volando por los aires. Había agua, escombros, fuego, todo subía y estabamos a 25 metros sobre el agua. Fue una explosión tremenda. Y luego, cuando me pude arrodillar, otro estallido. ¡Buuum!".
Llegó la orden de abandonar el buque. Cox trepó hasta el lado más alto y trató de saltar al agua. Se golpeó contra el casco y rebotó antes de caer en el océano.
"Miré para atrás. El barco estaba hundiéndose en picada. Había hombres brincando desde la popa mientras las hélices seguían rotando".
"Nunca vi una lancha salvavidas. Finalmente escuché unos gemidos y gritos, nadé en esa dirección y me uní a un grupo de 30 hombres, con los que me quedé. Pensamos que era cuestión de esperar un par de días mientras nos recogían".
Pero nadie estaba en camino a rescatarlos.
Atraídos por la matanza del naufragio, cientos de tiburones venían en dirección a los sobrevivientes desde los alrededores.
"Nos hundimos a la medianoche y vi uno por la mañana cuando salió el sol. Eran grandes. Le juro que algunos tenían 4,5 metros de largo", aseguró Cox.
"Estaban continuamente ahí, la mayor parte del tiempo comiéndose los cuerpos de los muertos. Gracias a Dios había mucha gente muerta flotando en el área".
Pero pronto empezaron a atacar a los vivos.
"Perdíamos tres o cuatro compañeros cada noche y día. Uno sentía miedo constantemente pues los veía todo el tiempo. A cada rato uno veía sus aletas... una docena, dos decenas en el agua.
Venían y se tropezaban con uno. A mí me golpearon varias veces: uno nunca sabía cuando iban a atacar.
En esa agua clara, uno podía ver a los tiburones merodeando. Y de tanto en tanto, como un rayo, uno nadaba derecho para arriba, cogía a un marinero y se lo llevaba. Uno vino y se llevó al marinero que estaba a mi lado.
A duras penas podía uno mantener la cara afuera del agua. El salvavidas tenía ampollas en mis hombros, ampollas encima de mis ampollas. Hacía tanto calor que rezábamos para que oscureciera, y cuando oscurecía, rezábamos por que amaneciera pues hacía tanto frío que nuestros dientes castañeteaban.
El agua dulce se guardaba en la segunda cubierta de nuestro barco. Un amigo alucinaba que podía ir al barco y tomar algo de agua. De repente, su salvavidas estaba flotando sin él. Y luego él emergió y nos contó cuán buena y fría estaba el agua, que debíamos ir a tomarla".
Estaba tomando agua salada, por supuesto. Murió poco después.
De repente, por casualidad, en el cuarto día, una aeronave de la marina pasó y vio a algunos marineros en el agua. Para entonces eran menos de 10 en el grupo de Cox.
"Uno de los hombres nos saludaba desde el avión. Fue entonces que se nos salieron las lágrimas, se nos erizó la piel y supimos que estábamos salvados, que nos habían encontrado, al menos. Fue el momento más feliz de mi vida.
Oscureció y una fuerte luz bajó del cielo, desde una nube: pensé que los ángeles estaban viniendo. Pero era el buque de rescate que dirigió su reflector hacia arriba para darle esperanza a los marineros y avisarles que los estaban buscando".
"En algún momento de la noche, me acuerdo de que unos brazos fuertes me subieron a un bote. Saber que te salvaste es la mejor sensación que se puede tener", aseguró Cox.